Capítulo 1
Muchacha de mis amores
A Martín, Alfredo, Tomás, Francisco y Jaime.
«Mientras haya alguien que entone esos cantos, estaremos vivos.»
llá, en un rincón de la sala, estaba el piano de cola marca «Aeolian» que mi padre le había conseguido a mi hermana Beatriz para que ella iniciara el aprendizaje del instrumento.
Como sucede frecuentemente, la muchacha —con gran devoción— se dedicó a aprender esos larguísimos ejercicios de escalas cromáticas (que es como yo creo que se llaman), pero a los dos o tres años de estar en ésas se cansó y presentó renuncia.
Recuerdo que mi padre se enojó bastante por la falta de constancia de mi hermana, pero nada valió para que ella modificara su determinación. Allá, pues, en aquel rincón de la sala, quedó el piano durmiendo el sueño de los justos y sufriendo el dolor de los desamparados.
Y allí, en esa misma sala, yo solía estudiar con dos compañeros de la Universidad —Álvaro y José—, porque era un lugar propicio para repasar las materias cuando se acercaban los exámenes. Esa mañana habíamos empezado a estudiar bien temprano química orgánica —que es la materia más árida y más pesada que uno se pueda imaginar—, y cuando iban siendo las once, José dijo con sobrada razón: «Muchachos, estoy rendido; no veo, ni oigo, ni entiendo; llevamos cuatro horas de repasar esta bendita química, y creo que nos merecemos un descanso». La propuesta de José fue aprobada silenciosamente por unanimidad.
Álvaro se fue a caminar por el corredor del frente de la casa, José se fue a llamar por teléfono a Silvia, su novia, y yo —sin saber la razón que me impulsaba— me fui a sentar en el banco del piano.
Abrí la tapa y, sin pensarlo dos veces, comencé a tocar las teclas con el índice de la mano derecha tratando de «sacar» la melodía de una canción que por aquellos tiempos estaba de moda, y que se llamaba «Perfidia». Déle y déle con el dedo, y falle y falle, y sólo me di por vencido cuando Álvaro entró a la sala y dijo en voz alta: «A pesar de lo árida que es esa química, prefiero seguir estudiando a continuar escuchando ese tormento chino al que nos tienes sometidos desde hace diez minutos. Cállate, por Dios, que nos estás enloqueciendo...».
Tuve que dar mi brazo a torcer ante el indiscutible juicio de mi compañero, me sentí comprendido y fui a sentarme ante el otro martirio chino: el texto de química.
Pese a las duras críticas de mi amigo, continué de ese día en adelante aporreando las teclas, tratando de «sacar» una y otra canción. Yo amaba el piano, lo quería entrañablemente, y seguí insistiendo hasta que dos o tres semanas después ya sabía tocar «Perfidia».
Y al igual que en todas las empresas del ser humano, en esa empresa mía de aprender a tocar el piano tuve que poner mi empeño y mi constancia hasta más no poder. Cada minuto que me quedaba de mis estudios lo dedicaba a aprender, a ensayar y a perfeccionar lo poco que sabía. Sólo unas pocas personas, tal vez las del servicio doméstico, se dieron cuenta de mi dedicación, y a nadie más dejaba descubrir mi enorme lucha por aprender y practicar.
Para aquel aprendizaje me sirvió muchísimo un poco de tiple y otro poco de acordeón que había empezado a aprender con mi tío Luis Eduardo, un hombre bueno, noble y chistoso que para mí fue una persona inolvidable. A él le aprendí no sólo algo de música, sino una buena dosis del optimismo y buen humor que me ha acompañado a lo largo de mi vida.
Pues bien, ya que empezaba a sentirme un «virtuoso del piano», con la mano derecha decidí mezclarle la izquierda. Pero qué difícil fue esa mezcla. Sin saber una sola nota, sin conocer qué era un acorde, sin tener idea de cómo se acompaña una melodía, poco a poco le fui mezclando la mano izquierda y empecé a sentir que las canciones sonaban mejor.
A nadie fui capaz de confesar mis tribulaciones, y con los días empecé a mejorar, hasta que un buen día aquella vieja melodía argentina «Caminito» me sonó; sí, me sonó como si hubiera sido tocada por la orquesta de Aníbal Troilo. Sí, señor. Era «Caminito», ¡y la había tocado yo!
De allí en adelante la vida fue un paseo. Claudio Arrau era un aprendiz del teclado comparado conmigo.
Qué ricas son las angustias convertidas en triunfos. Qué es subir un pequeño escalón. Habían transcurrido unos diez meses desde aquella mañana en la que destapé el piano y ya era capaz de tocar «Caminito». ¡Qué dicha la que sentía!
Religiosamente todas las mañanas, a eso de las once, cuando regresaba de la universidad, me sentaba al piano y tocaba. Qué optimismo el mío. Por espacio de una hora los vecinos que se fueran al diablo, porque a mí no se me ocurría que los estuviera molestando. Por el contrario, ellos eran los que tenían que dar gracias a Dios de tener de vecino a Rimski-Kórsakov. Hoy, con el paso de los años, me acuerdo de todos aquellos, me horrorizo y me avergüenzo de haber torturado a mis vecinos de la calle Girardot de Medellín como un «loco» que se creía todo un concertista. ¡Qué bárbaro!
Era el año 1944; ya estaba estudiando el cuarto año de ingeniería química. Ya sabía tocar «Caminito» con las dos manos, y la vida era una delicia para mí. Bueno, toda una delicia, no propiamente, porque en esta vida no ha de faltar la espinita, que en este caso mío era una linda mujer. ¡Y oiga pues cómo fue el problema!
Para ir a tomar el bus de la universidad, yo tenía que subir y bajar todas las mañanas por el frente de una casa en donde vivía una linda muchacha, dos o tres años mayor que yo, que me subyugaba, que me enloquecía. Difícilmente yo me atrevía a saludarla y a sonreírle. Cuando ya era capaz de superar toda mi estupidez, llegaba hasta el punto de preguntarle cómo estaba, pero nunca era capaz de decirle lo que sentía por ella, que era como la erupción de un volcán. Esa bendita mujer me enloquecía, la miraba y temblaba, me derretía por ella. Pero eso era todo. De ahí en adelante no pasaba.
Así que, subiendo y bajando por aquella calleja todos los días, se me fueron ocurriendo frases enamoradas llenas de ternura y pasión. Yo en aquel momento tenía 18 años y el alma sin estrenar...
Esa vecina me tenía trastocado, medio loco. Yo no era capaz de decirle todo lo que sentía por ella, y, al mismo tiempo, me bullían en la mente frases hermosas, pero no sabía qué hacer con ellas, hasta que de repente se me ocurrió una melodía a la cual le fui adaptando las palabras: «Muchacha de mis amores, reina de mi corazón, la que siempre en mis canciones ha sido la inspiración...».
Por primera vez me fue brotando esa canción y me sentí feliz; había encontrado la forma de expresarme.
¿Cómo y por qué hice esa canción en forma de bambuco? No sé; porque el bambuco es un ritmo dificilísimo que, aún ahora, no soy capaz de tocar y de cantar debidamente. Sin embargo, «Muchacha de mis amores» brotó en forma de bambuco y así siguió hasta hoy, cuando todavía se canta en reuniones, serenatas y jolgorios.
Bien o mal cantada, esa primera composición tuvo suerte; era un bambuco diferente a los antiguos, era nuevo y, generalmente, lo nuevo, lo que se sale de lo tradicional, le gusta a la gente, y eso le sucedió a aquella «muchacha».
De otro lado, por aquellos días llegaron a Medellín dos artistas de acople y sonido diferentes, también. En su repertorio incluyeron mi primera composición y le imprimieron su estilo, una razón más para su éxito. Me refiero a esos dos grandes músicos, Gustavo Fortich y Roberto Valencia, con cuyos apellidos se formó un dueto de maravilla.
Todos esos factores unidos hicieron que «Muchacha de mis amores» hubiera nacido «parada», con suerte y con acogida por parte del público.
La canción tuvo suerte, pero el compositor no la tuvo. La heroína de la canción no se conmovió ni le importó mayor cosa que yo le hubiera hecho esa sencilla expresión musical; ya ella tenía un novio con quien se casó poco tiempo después, y al compositor sólo le quedó el éxito de la canción y un «medio ardor» en el corazón por el desdén recibido.
«Muchacha de mis amores»
Muchacha de mis amores,reina de mi corazón,la que siempre en mis cancionesha sido la inspiración.Tú le robaste a las florestodo su encanto y color,y a mí me has robado el almay no tienes compasión.Muchacha de mis amores,la que me robó la calma,la que yo llevo en el almaadornando mis canciones.Oye cómo van diciendolas cuerdas de mi guitarra:muchacha de mis amores,muchachita de mi alma.
Muchacha de mis amores
1944 · Yo nací para ti
