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Editora Primavera

Memorias

Diez capítulos en voz del autor

Prólogo y notas


Capítulo 1

Muchacha de mis amores

A Martín, Alfredo, Tomás, Francisco y Jaime.

«Mientras haya alguien que entone esos cantos, estaremos vivos.»

llá, en un rincón de la sala, estaba el piano de cola marca «Aeolian» que mi padre le había conseguido a mi hermana Beatriz para que ella iniciara el aprendizaje del instrumento.

Como sucede frecuentemente, la muchacha —con gran devoción— se dedicó a aprender esos larguísimos ejercicios de escalas cromáticas (que es como yo creo que se llaman), pero a los dos o tres años de estar en ésas se cansó y presentó renuncia.

Recuerdo que mi padre se enojó bastante por la falta de constancia de mi hermana, pero nada valió para que ella modificara su determinación. Allá, pues, en aquel rincón de la sala, quedó el piano durmiendo el sueño de los justos y sufriendo el dolor de los desamparados.

Y allí, en esa misma sala, yo solía estudiar con dos compañeros de la Universidad —Álvaro y José—, porque era un lugar propicio para repasar las materias cuando se acercaban los exámenes. Esa mañana habíamos empezado a estudiar bien temprano química orgánica —que es la materia más árida y más pesada que uno se pueda imaginar—, y cuando iban siendo las once, José dijo con sobrada razón: «Muchachos, estoy rendido; no veo, ni oigo, ni entiendo; llevamos cuatro horas de repasar esta bendita química, y creo que nos merecemos un descanso». La propuesta de José fue aprobada silenciosamente por unanimidad.

Álvaro se fue a caminar por el corredor del frente de la casa, José se fue a llamar por teléfono a Silvia, su novia, y yo —sin saber la razón que me impulsaba— me fui a sentar en el banco del piano.

Abrí la tapa y, sin pensarlo dos veces, comencé a tocar las teclas con el índice de la mano derecha tratando de «sacar» la melodía de una canción que por aquellos tiempos estaba de moda, y que se llamaba «Perfidia». Déle y déle con el dedo, y falle y falle, y sólo me di por vencido cuando Álvaro entró a la sala y dijo en voz alta: «A pesar de lo árida que es esa química, prefiero seguir estudiando a continuar escuchando ese tormento chino al que nos tienes sometidos desde hace diez minutos. Cállate, por Dios, que nos estás enloqueciendo...».

Tuve que dar mi brazo a torcer ante el indiscutible juicio de mi compañero, me sentí comprendido y fui a sentarme ante el otro martirio chino: el texto de química.

Pese a las duras críticas de mi amigo, continué de ese día en adelante aporreando las teclas, tratando de «sacar» una y otra canción. Yo amaba el piano, lo quería entrañablemente, y seguí insistiendo hasta que dos o tres semanas después ya sabía tocar «Perfidia».

Y al igual que en todas las empresas del ser humano, en esa empresa mía de aprender a tocar el piano tuve que poner mi empeño y mi constancia hasta más no poder. Cada minuto que me quedaba de mis estudios lo dedicaba a aprender, a ensayar y a perfeccionar lo poco que sabía. Sólo unas pocas personas, tal vez las del servicio doméstico, se dieron cuenta de mi dedicación, y a nadie más dejaba descubrir mi enorme lucha por aprender y practicar.

Para aquel aprendizaje me sirvió muchísimo un poco de tiple y otro poco de acordeón que había empezado a aprender con mi tío Luis Eduardo, un hombre bueno, noble y chistoso que para mí fue una persona inolvidable. A él le aprendí no sólo algo de música, sino una buena dosis del optimismo y buen humor que me ha acompañado a lo largo de mi vida.

Pues bien, ya que empezaba a sentirme un «virtuoso del piano», con la mano derecha decidí mezclarle la izquierda. Pero qué difícil fue esa mezcla. Sin saber una sola nota, sin conocer qué era un acorde, sin tener idea de cómo se acompaña una melodía, poco a poco le fui mezclando la mano izquierda y empecé a sentir que las canciones sonaban mejor.

A nadie fui capaz de confesar mis tribulaciones, y con los días empecé a mejorar, hasta que un buen día aquella vieja melodía argentina «Caminito» me sonó; sí, me sonó como si hubiera sido tocada por la orquesta de Aníbal Troilo. Sí, señor. Era «Caminito», ¡y la había tocado yo!

De allí en adelante la vida fue un paseo. Claudio Arrau era un aprendiz del teclado comparado conmigo.

Qué ricas son las angustias convertidas en triunfos. Qué es subir un pequeño escalón. Habían transcurrido unos diez meses desde aquella mañana en la que destapé el piano y ya era capaz de tocar «Caminito». ¡Qué dicha la que sentía!

Religiosamente todas las mañanas, a eso de las once, cuando regresaba de la universidad, me sentaba al piano y tocaba. Qué optimismo el mío. Por espacio de una hora los vecinos que se fueran al diablo, porque a mí no se me ocurría que los estuviera molestando. Por el contrario, ellos eran los que tenían que dar gracias a Dios de tener de vecino a Rimski-Kórsakov. Hoy, con el paso de los años, me acuerdo de todos aquellos, me horrorizo y me avergüenzo de haber torturado a mis vecinos de la calle Girardot de Medellín como un «loco» que se creía todo un concertista. ¡Qué bárbaro!

Era el año 1944; ya estaba estudiando el cuarto año de ingeniería química. Ya sabía tocar «Caminito» con las dos manos, y la vida era una delicia para mí. Bueno, toda una delicia, no propiamente, porque en esta vida no ha de faltar la espinita, que en este caso mío era una linda mujer. ¡Y oiga pues cómo fue el problema!

Para ir a tomar el bus de la universidad, yo tenía que subir y bajar todas las mañanas por el frente de una casa en donde vivía una linda muchacha, dos o tres años mayor que yo, que me subyugaba, que me enloquecía. Difícilmente yo me atrevía a saludarla y a sonreírle. Cuando ya era capaz de superar toda mi estupidez, llegaba hasta el punto de preguntarle cómo estaba, pero nunca era capaz de decirle lo que sentía por ella, que era como la erupción de un volcán. Esa bendita mujer me enloquecía, la miraba y temblaba, me derretía por ella. Pero eso era todo. De ahí en adelante no pasaba.

Así que, subiendo y bajando por aquella calleja todos los días, se me fueron ocurriendo frases enamoradas llenas de ternura y pasión. Yo en aquel momento tenía 18 años y el alma sin estrenar...

Esa vecina me tenía trastocado, medio loco. Yo no era capaz de decirle todo lo que sentía por ella, y, al mismo tiempo, me bullían en la mente frases hermosas, pero no sabía qué hacer con ellas, hasta que de repente se me ocurrió una melodía a la cual le fui adaptando las palabras: «Muchacha de mis amores, reina de mi corazón, la que siempre en mis canciones ha sido la inspiración...».

Por primera vez me fue brotando esa canción y me sentí feliz; había encontrado la forma de expresarme.

¿Cómo y por qué hice esa canción en forma de bambuco? No sé; porque el bambuco es un ritmo dificilísimo que, aún ahora, no soy capaz de tocar y de cantar debidamente. Sin embargo, «Muchacha de mis amores» brotó en forma de bambuco y así siguió hasta hoy, cuando todavía se canta en reuniones, serenatas y jolgorios.

Bien o mal cantada, esa primera composición tuvo suerte; era un bambuco diferente a los antiguos, era nuevo y, generalmente, lo nuevo, lo que se sale de lo tradicional, le gusta a la gente, y eso le sucedió a aquella «muchacha».

De otro lado, por aquellos días llegaron a Medellín dos artistas de acople y sonido diferentes, también. En su repertorio incluyeron mi primera composición y le imprimieron su estilo, una razón más para su éxito. Me refiero a esos dos grandes músicos, Gustavo Fortich y Roberto Valencia, con cuyos apellidos se formó un dueto de maravilla.

Todos esos factores unidos hicieron que «Muchacha de mis amores» hubiera nacido «parada», con suerte y con acogida por parte del público.

La canción tuvo suerte, pero el compositor no la tuvo. La heroína de la canción no se conmovió ni le importó mayor cosa que yo le hubiera hecho esa sencilla expresión musical; ya ella tenía un novio con quien se casó poco tiempo después, y al compositor sólo le quedó el éxito de la canción y un «medio ardor» en el corazón por el desdén recibido.

«Muchacha de mis amores»

Muchacha de mis amores,reina de mi corazón,la que siempre en mis cancionesha sido la inspiración.Tú le robaste a las florestodo su encanto y color,y a mí me has robado el almay no tienes compasión.Muchacha de mis amores,la que me robó la calma,la que yo llevo en el almaadornando mis canciones.Oye cómo van diciendolas cuerdas de mi guitarra:muchacha de mis amores,muchachita de mi alma.

Muchacha de mis amores

1944 · Yo nací para ti

Capítulo 2

Yo nací para ti

n el poco tiempo que me quedaba de mis estudios, yo seguí siendo muy aficionado a la música, y me dividía entre la práctica del piano y el toque de las guitarras y del piano con Fortich y Valencia. Precisamente con ellos estaba una noche, y se me ocurrió pedirles que me siguieran con sus acordes, pues estaba concibiendo una nueva canción. Como buenos músicos que eran, me acompañaron hasta que en poco rato ya tenía una segunda canción: «Yo nací para ti»; y con ella di mi primera serenata a otra muchacha que me empezaba a gustar muchísimo, y cuyo nombre era Rosa Elena. Ella, años después, fue mi esposa y la madre de mis cinco hijos.

A esa segunda canción se sumaron otras como «Dime por qué» y «Qué tienes tú»; todas ellas entraron a formar parte del repertorio de Fortich y Valencia y de otros conjuntos colombianos que ampliaron enormemente mi nombre de autor.

Entre tanto, continuaba mis incursiones musicales; ya empezaba a tener cierta soltura en el piano y mis canciones se empezaban a cantar y a vender en todo el país y hasta en el extranjero. Llevaba ya unas cinco o seis composiciones, entre las cuales se destacaban las dos que antes mencioné y otras como «Dime por qué» y «Qué tienes tú».

Con esa poca trayectoria la gente me consideraba como compositor, y hasta un día alguien, no recuerdo quién, me lanzó al estrellato: me hicieron concurrir al teatro de Bellas Artes de Medellín, me subieron al escenario y me hicieron sentar al lado de los compositores que por aquella época decían la última palabra en ese campo, y como si lo anterior fuera poco, un reportero gráfico tomó una fotografía con todos esos veteranos ya condecorados.

Podría decir que esa foto fue mi consagración, porque aparecí en los periódicos al lado del Maestro Carlos Vieco, del legendario Pelón Santa Marta, autor de «Antioqueñita», de Camilo García y de Blumen, un bohemio de raca mandaca. Ahí está la foto, y puede apreciarse la criatura que era yo al lado de gente de mucha edad, comparativamente.

En aquel tiempo mi nombre de compositor había subido mucho; tanto, que un amigo muy cercano —y quien en el momento de escribir estas líneas lo sigue siendo— se me acercó una noche de bohemia y me contó que él andaba peleado con una novia que tenía. Luego me pidió que le compusiera una canción para ver si arreglaba su situación llevándole una serenata. En un principio yo no quería hacerlo, pues pensaba que tal vez no sería capaz de componer la canción que mi amigo pretendía. Pero «tanto va el cántaro al agua...» que al fin accedí, y me senté al piano y empecé:

Te quise como nunca había querido,como nunca había creídoque se pudiera querer...

La canción se terminó y la bauticé «Dime por qué».

Y, sí señor, compuse la canción y se la llevamos de serenata esa misma noche a la muchacha. Y tal cual mi amigo quería, la situación se arregló completamente, porque la novia acabó por echarlo, ¡definitivamente!

Como cosa rara debo mencionar que la familia de mi padre estaba compuesta de comerciantes e industriales, y un músico que allí apareciera —creía yo— produciría un estremecimiento general. «Pues en más de una ocasión sale lo que no se espera», y eso sucedió con mi padre y mi afición por la música.

Fueron varias las veces que él me felicitó por mis canciones y me entusiasmó para que siguiera componiendo, ¡especialmente cuando le mostré uno de los primeros cheques en dólares que me llegó de una casa productora de discos!

Así fue, pues, transcurriendo mi vida, entre cantos y fórmulas químicas, sin descuidar ni unas ni otras, y siempre con el optimismo y un poco de humor que me han acompañado toda la vida.

«Yo nací para ti»

Tú no ves que nuestras almas se encadenan,que hay un raro destino entre tú y yo,que nací para ti y que mis penaslas has calmado tú con tu calor.Yo nací para ti, para quererte,y a mi vida le das razón de ser.Quién creyera, mujer, que lentamentellegara a ti el amor, a ti también.Yo nací para ti, te lo aseguro,para ver en tus ojos mi dolor,para darte en mis besos uno a unoen pedazos mi pobre corazón.

Yo nací para ti

1962 · Yo nací para ti

Dime por qué

1962 · Yo nací para ti

Qué tienes tú

1962 · Yo nací para ti

Capítulo 3

Serenata de Amor

ualquiera creerá que yo había dejado mis estudios de ingeniería por la bohemia y la música. Claro que estas últimas me subyugaban, pero bien sabía yo que la carrera de químico era indispensable para poder forjarme un porvenir, sobre todo en aquellos tiempos en los cuales la música era muy poco lo que producía. Así que, sin abandonar el piano, logré tener mi grado de ingeniería el año siguiente.

Y me fui a hacer mi especialización en Estados Unidos, y regresé a mi tierra a trabajar en mi profesión, y me casé con Rosa Elena, y empecé también a tener hijos y a producir canciones, todo simultáneamente. Bastante acelerado, ¿verdad?

Fueron pasando los años y mi afición por la música iba creciendo; un buen día me propuse componer una canción que lograra expresar mi admiración por la tradición de la serenata, y lo logré. Hice «Serenata de Amor», que ha sido mi creación más exitosa desde el punto de vista artístico y una expresión pura del folclor, no sólo colombiano sino del continente.

Tuve suerte otra vez con esta «serenata»; por aquel tiempo andaba por Medellín el Doctor Alfonso Ortiz Tirado, tenor mejicano de grandes ejecutorias y el más cotizado cantante de aquellas épocas. El Doctor Ortiz Tirado se enamoró de «Serenata» y la adoptó como si fuera hija suya; la grabó en Discos RCA Víctor y en todas partes la puso de moda.

Esa «Serenata de Amor» nació «parada» también. Era el tiempo en el cual se iniciaban las cadenas radiales de Colombia y la competencia entre RCN y Caracol estaba al rojo vivo. El Director Artístico de Caracol, el Maestro José María Tena, quien tenía una aureola de buen músico, también decidió adoptar a «Serenata» y le dio a la canción un empuje realmente inesperado.

En el año de 1957, cuando Coltejer —la gran firma textilera nacional— cumplió 50 años de fundada, se llevó a efecto un hermoso programa radial transmitido a toda la nación por Caracol que duró varias horas. En ese programa actuaron varios conjuntos como la Orquesta de Lucho Bermúdez, los Hermanos Rigual, un trío cubano de maravilla, la Orquesta de planta de la Voz de Antioquia y la excelente pianista y compositora mejicana Consuelo Velásquez. Pues bien, el único tema de la noche fue mi canción «Serenata de Amor», tocada en todos los ritmos y de todas las maneras como podían tocar esos excelentes conjuntos y artistas.

El éxito fue total y mi canción quedó consagrada desde ese entonces. Una de mis mayores satisfacciones es recorrer cualquier ciudad en las horas nocturnas y escuchar bajo un balcón unos músicos cantando «Se va llenando la noche con rumores de canción...».

Hace algún tiempo recordé aquella celebración de los 50 años de Coltejer; volvió a mi memoria el homenaje que había recibido mi canción y quise volver a escuchar ese gran programa. Como sucede frecuentemente, no pude encontrar el disco de acetato que me había regalado en esa ocasión mi inolvidable primo Pacho Robles. No lo pude encontrar por parte alguna; llamé a varias personas conectadas al mundo de la radio y a Caracol, y tampoco logré tener ese gran recuerdo.

Entonces me acordé de un personaje que hay en Caracol, y que lo que no se sepa ese hombre no lo sabe nadie: Enrique París. Lo encontré en Bogotá y le pedí el favor de que me averiguara qué había pasado con las grabaciones de los programas de ese entonces. A los días me llamó Enrique, como siempre tan caballeroso y atento; me dijo que me tenía noticias de las grabaciones. Yo creí que ya había logrado alcanzar tan deseada prenda, pero cuál no sería mi sorpresa y mi desilusión cuando Enrique me dijo: «En resumidas cuentas, mi querido Jaime R., los archivos de Caracol en Medellín se los vendieron a los gitanos por kilos para que hicieran ollas con el aluminio de los carretes, y ahí terminaron sus días». ¡Así es la vida...!

«Serenata de Amor»

Se va llenando la nochecon rumores de canción,y se enreda en tu ventanami serenata de amor.Las estrellas quedamenteempiezan a susurrar,y va llenando la nochemi serenata de amor.La luna se vuelve platacuando cae en el maizal,y el viento se va robandolas notas de mi cantar.Es la noche de mi tierraque se ha vuelto corazón;con ella voy adornandomi serenata de amor.Voy a dejarte mis penasmuy adentro de tu alma;vengo a cambiar tus desdenespor un poco de esperanza.Fue para ti solamentemi sentida serenata,que forjaron las estrellasy el viento de mis montañas.

Serenata de Amor

1957 · Yo nací para ti

Capítulo 4

Noches de Cartagena

ás adelante, por allá, en febrero de 1954, tuve un choque emocional tremendo. A mi padre le encontraron un cáncer de carácter mortal. Impresionado por aquel dictamen médico, me fui a mi casa, empaqué una maleta con ropa suficiente para tres o cuatro días y me trasladé al aeropuerto decidido a tomar el primer avión que saliera para cualquier otra ciudad, la cual resultó ser Cartagena. Allá llegué a las horas de la tarde y me alojé en el hotel Caribe, que por aquel entonces era un lugar solitario construido en el barrio Bocagrande, en el extremo occidental. Allí acababa la ciudad.

A eso de las seis de la tarde decidí ir a caminar, que es mi deporte favorito, por donde hoy queda el barrio llamado Castillo Grande. A poco andar se empezaron a reflejar en el agua las luces de la ciudad; el mar arrullaba suavemente, y empezó a llegarme la inspiración:

Noches de Cartagena que fascinan,por el suave rumor que tiene el mar,porque la brisa cálida murmuratoda una serenata tropical...

Cuando regresé al hotel —como a las ocho de la noche— ya tenía la canción conformada, y sólo faltaba pulirla, salvo la última frase: «lindo rincón Caribe y colonial», que sólo se la vine a completar a los días.

«Noches de Cartagena» también fue otra canción que nació «parada», y yo lo atribuyo a que esa ciudad trae hermosos recuerdos y despierta simpatía y amor entre los colombianos y, aun, entre extranjeros que la han visitado. Es la ciudad más bella de América, y yo me siento orgulloso y contento de haberle cantado.

Ahora, sin tratar de polemizar ni decir la última palabra, creo que mi canción —compuesta en 1954— fue el primer canto que se le hizo a aquella hermosa ciudad. Luego, claro está, vinieron muchas otras composiciones, pero la mía fue la primera: ¿verdad?

Por aquellos años la industria fonográfica era muy incipiente, y la falta de técnica y de equipos se suplía con un enorme entusiasmo por parte de quienes la dirigían. Uno de aquellos entusiastas disqueros fue Antonio Fuentes, simpático como el que más, entusiasta y buen artista; pues Toño —como lo llamaba todo el mundo— intervenía en su firma fonográfica desde el puesto de gerente hasta el de barrendero, pasando por el de guitarrista mayor. Y Toño se enamoró también de «Noches de Cartagena», y la grabó con su participación directa. Ése, pues, fue otro éxito que me apunté, con la ayuda que me dio Antonio Fuentes —oriundo él de Cartagena—, al igual que fue esencial para las canciones ya mencionadas la ayuda y el cariño que le dieron a mis anteriores composiciones el Dr. Ortiz Tirado, Fortich y Valencia, el maestro José María Tena, y algunos otros, como Pacho Bedoya, quien hacía parte del Trío Emilio Murillo, el primer intérprete de la «Serenata de Amor».

Debido a mi completa ignorancia en cuestiones de solfeo y música, cada vez que componía una canción y se la tenía que enseñar a alguien, me sentaba al piano y la cantaba. Digo yo que la cantaba, pero la verdad es que la susurraba con mi voz de tarro de galletas, y el oyente se la aprendía o la copiaba en papel de música. De ahí que yo resultara cantando cada vez que en una fiesta me pedían mis canciones, pero la verdad verdadera es que mi opinión sobre mi manera de cantar es la peor que pueda tener.

Nunca me he considerado un cantante, y sólo lo hago por esa deficiencia de mis conocimientos musicales. Soy el primero en reconocer lo mal que lo hago, y de allí que siempre le dé la razón a quienes me dicen que canto muy mal. Y a propósito de mi manera de cantar, se me viene a memoria algo muy célebre que me sucedió hace algún tiempo.

Estaba yo en mi oficina cuando de repente me anunció la secretaria que me necesitaba una señora de Cali; pasé al teléfono, la señora se identificó, me explicó que deseaba hacer una reunión para celebrar algo importante en su vida, y sin más ni menos me dijo: «Verdaderamente, a mí me encanta lo mal que canta usted, y quiero pedirle que me ayude en la fiesta que voy a celebrar...».

De allí que en mi reciente grabación hecha para la RCA Víctor haya dejado constancia de mis pocas calidades con esta frase que figura en la carátula del disco: «Ignorantes de que en mi adolescencia me expulsaron del coro del colegio porque mi voz perjudicaba el conjunto, los directivos de RCA Víctor me invitaron a que grabara este disco que contiene algunas de mis recientes creaciones, así como otras que han merecido el cariño del público».

«Noches de Cartagena»

Noches de Cartagena que fascinan,por el suave rumor que tiene el mar,porque la brisa cálida murmuratoda una serenata tropical.Allí es donde quisiera estar contigo,con la luna y la arena y ese mar,y que juegue la brisa con tu peloy las olas te vengan a arrullar.Noches de Cartagena tan divinas,lindo rincón Caribe y colonial.

Noches de Cartagena

1954 · Yo nací para ti

Capítulo 5

Me estás haciendo falta

ues bien, decía tres o cuatro párrafos atrás que la industria fonográfica colombiana principió en forma muy precaria e incipiente, y que la falta de técnica y de equipos era suplida por el entusiasmo y el cariño de sus fundadores. Uno de aquellos aguerridos creadores de esa actividad fue Antonio Botero, fundador de la firma Sonolux.

A mí me correspondió conocerlo en su iniciación, y fui testigo de su constancia, dedicación y carácter para superar las enormes dificultades que se oponían a su paso. Antonio no tenía horario «ni fecha en el calendario», como dice una canción venezolana; todas las dificultades las vencía, y sólo respiraba cuando obtenía una grabación de música colombiana de una calidad aceptable.

Recuerdo que la sala de grabación tenía unas características de cueva paleozoica, su sonido era impresionantemente malo, y Antonio con sus empleados luchaba y le cambiaba los materiales para mejorar un poco la producción. Todos los materiales habidos y por haber se los puso, y el resultado era malo. Un día, a alguno de aquellos soñadores se le ocurrió ponerle en los muros unas esteras de fibra tejidas por los indios. Se veía el salón de grabación tan elegante con las esteras que resolvieron llamarlo el «salón estero-fónico»... ¡Cómo le parece!

Sonolux —gracias a la terquedad de su fundador— progresó y creció hasta merecer el título de fábrica. Cuando llegó a cierto punto necesitó inyecciones de capital, un proceso muy común en la industria de estos países, y fue cuando la familia Moreno Aristizábal y la familia Bedout, que tenía trayectoria en la venta de discos, le aportaron capital y recursos humanos. Sonolux se transformó y completó unas bonitas instalaciones en las afueras de Medellín.

Era el año de 1962; yo me encontraba almorzando con algunas personas en un club de la ciudad, cuando entraron a ese lugar varios de los directivos de esa empresa; nos saludamos y cada uno siguió en lo que estaba. Pasado el almuerzo, Jaime Moreno —de la Junta Directiva de Sonolux— me invitó a tomar un coñac con ellos, y sin más miramientos me propuso que grabara un disco LP con mis canciones, que hasta ese momento ya eran suficientes para esa grabación. Mi primera reacción fue decir que NO, que yo NO CANTABA, y que por nada del mundo me expondría a semejante ridículo. Los de Sonolux siguieron insistiendo, y ahí fue cuando comprendí a las mujeres, porque acabé diciendo que SÍ...

Cerca de las cuatro de la tarde salimos todos para las instalaciones de Sonolux, y a eso de las seis de la tarde ya teníamos la primera de las canciones grabada. Me acompañaron en esa grabación el Maestro Luis Uribe Bueno —de quien hablaremos más tarde— con su guitarra, y el Maestro Iván Uribe al contrabajo.

No puedo olvidar en aquella ocasión a Rosa, la empleada que en Sonolux hacía el aseo de las oficinas y llevaba café y gaseosas a los visitantes. Ella también se entusiasmó con la fiesta y la grabación; nos acompañó en la afinación de los instrumentos y de las voces, y sentada en el banco del piano junto a mí me decía medio trabada: «Niño, esa canción nos quedó muy linda...».

Y como pasa en esas ocasiones, el remordimiento se apoderó de mí al otro día. ¿Pero cómo es que a mí se me ocurre hacer semejante barbaridad? ¿Qué fue lo que yo pensé cuando acepté la oferta de grabar? ¡Qué horror, qué vergüenza!

Yo seguí en mi trabajo normal y traté de olvidar el episodio, convencido de que a los demás señores de Sonolux se les había olvidado —también— la «horrible noche de la grabación». Ése fue el otro error mío. Porque la verdad es que a ellos no se les olvidó, y hete aquí que como a los 15 ó 20 días me llamó el gerente de la empresa y me dijo que fuera a las once de la mañana, que me iba a mostrar ¡algo muy interesante!

Allá me aparecí, y cuál no sería mi sorpresa cuando encontré un puñado de lindas secretarias arremolinadas alrededor de una mesa grande, viendo las carátulas de un disco que se titulaba «Yo nací para ti», que yo había hecho y grabado... La desesperación que sentí no es descriptible; pensé toda clase de barbaridades; me imagino que algo muy parecido experimentan los suicidas poco antes del acto final. Estuve a punto de proponerle al gerente, Guillermo de Bedout, que yo le compraba toda la producción del disco con mis negras intenciones de destruir todo aquello. Pero también comprendí de nuevo a las mujeres, porque a los pocos segundos ya estaba firmando unos cuantos ejemplares para aquellas muchachas que allí había. En fin, que el disco salió al mercado y aún hoy —32 años después— se vende.

Aquel disco «Yo nací para ti», de polivinilo, de 33 revoluciones, y que ya hoy es casi un recuerdo del pasado, salió a la luz pública por allá en 1962, y hasta donde yo sé sigue teniendo el favor del público.

«Me estás haciendo falta»

Me estás haciendo falta,mucha falta de verdad.Y fue que la distanciacambió aquel sentimientode la frivolidady lo volvió nostalgiade estar entre tus brazos.Y, sin yo darme cuenta,me enredó el corazón.Me estás haciendo falta, mucha faltade verdad.Te estás metiendo en mi almahasta un lugar que a nadiele permití jamás.Y al quererte yo tantoy sentirte lejana,me estás haciendo falta, mucha faltade verdad.

Me estás haciendo falta

1964 · Me estás haciendo falta

Yo nací para ti

1962 · Yo nací para ti

Capítulo 6

Entre estas cuatro paredes

oco tiempo después —en 1964— me fui a vivir algunos meses a Europa. En esa temporada me senté una tarde en un lugar llamado Delmónico, en la calle de la Ópera en París. Las luces de la calle se fueron encendiendo, y un poco de melancolía se fue apoderando de mí. Ahí, en ese lugar, me fue viniendo a la mente una frase tan sencilla como verdadera, y en una servilleta de papel la escribí: «Me estás haciendo falta, mucha falta, de verdad...». Y ahí siguió el resto de la canción, inclusive aquel pasaje que dice: «Te estás metiendo en mi alma hasta un lugar que a nadie le permití jamás»; y en esa forma tan simple y real terminé esa creación que ha sido cantada en todas partes de América y que ha gustado tanto a las gentes.

«Me estás haciendo falta» ha sido popular por ser tan sencilla, por expresar una verdad que todos los seres humanos que nos hemos enamorado hemos tratado de expresarle al ser amado. Por esas cualidades ha sido popular y ha sido acogida tan gustosamente por la gente. De ella se han hecho muchísimas versiones en Colombia (Carlos Julio Ramírez, René Cabel, Trío Colombia), en España (María Dolores Pradera), en Ecuador (Patricia González) y en otros lugares del mundo. María Marta Serra Lima, Armando Manzanero y otros grandes artistas han cantado junto a mí esas sencillas palabras, y a todo el mundo le han gustado, sí, por sencillas, por eso simplemente.

Por aquellas mismas calendas tenía yo una pequeña casa de campo a la orilla del mar Caribe, en Tolú, cuando sus playas eran limpias y su mar era hermoso. Allá íbamos todos los de la familia cada vez que teníamos ocasión de hacerlo, pese a que el viaje por carretera era penosísimo. Siempre me he preciado de ser un buen padre, y a mis hijos he tratado de concederles unos buenos ratos. Pues bien, en una ocasión arranqué para esa playa, con mis cinco muchachos y con Rosa Elena. A las tres horas de Medellín, los muchachos iban cansados y peleando por la ocupación de las ventanillas, ya que el carro solamente tenía tres ventanillas disponibles y ellos eran cinco. Ya esa pelea me tenía un poco cansado; paramos en un lugar de la carretera y todos tomamos algún refrigerio.

El mío fue un trago de aguardiente; y al salir del lugar, en ese momento, se me ocurrió una frase: «Mátame con tus ojos, traicionera...». Fue una ocurrencia que se convirtió en canción, totalmente diferente a mi estilo, un vals de cantina y de tragedia que no sé de dónde me salió, pero que ha sido un completo éxito, pues en varios países de América como Méjico, Guatemala, Perú y Bolivia ha tenido ventas enormes. Sobre todo, a los años —y después de probar que sí gustaba muchísimo— un gran artista colombiano, Alci Acosta, la grabó con su propio estilo, y ha sido verdaderamente un éxito en Estados Unidos, en Méjico y en Venezuela. De manera que ¡viva «Traicionera»! aunque nunca la conocí. ¡Y pensar que tanta gente se habrá imaginado cuántas cosas!

Por aquellos tiempos, tiempos de juventud y de bohemia, yo pensaba (y sigo pensando) que el acto íntimo entre una mujer y un hombre encierra mucha belleza y mucha alma. Un buen día me atreví a dejar plasmada en una canción tal cosa, y en efecto me puse en la tarea de hacerla. Creo —sinceramente— que «Entre estas cuatro paredes» es una descripción expresiva y al mismo tiempo muy objetiva. Total, que esa canción salió al mercado y tiene —aún en estas fechas, 30 años después— muchos admiradores. El máximo de tales admiradores puede ser un señor cuyo nombre no conozco, pero cuyo hijo me resultó con la siguiente historia.

Estaba en Bogotá y presentaba un recital de mis canciones en compañía de una magnífica cantante argentina: María Marta Serra Lima. Cuando yo estaba terminando la parte que a mí me correspondía, salió de entre el público una voz fuerte que me pidió la canción «Entre estas cuatro paredes»; a pesar de que no la tenía en mi lista de esa noche, accedí a cantarla y sentí que la canción había gustado entre el público.

Como la última parte del recital le correspondía a María Marta, yo me salí del camerino y me fui al *foyer* del teatro. Estaba allí paseándome, cuando de improviso salió un hombre joven, me saludó amablemente y me dijo: «Yo fui el que le pidió "Entre estas cuatro paredes". Muchas gracias, Maestro, porque para mí esa canción es inolvidable». Luego le pedí que me contara la razón para que fuera tan amante de mi canción, y el hombre me dijo: «Pues, porque mi papá, cuando entró en estado preagónico, nos ordenó que le tocáramos en el equipo de sonido esa canción hasta que él muriera; así lo hicimos, y para mí esa canción es inolvidable». —Pero —le pregunté—, ¿tan horrible es mi canción que es como para que una persona en tan penoso trance se la haga tocar? —«No» —me respondió el joven—; «al contrario, mi padre estaba fascinado con la canción; parece que a él le traía recuerdos hermosísimos, y por eso la pidió para ese momento. Es una gran canción, no se equivoque, Maestro». Le di las gracias, pero no puedo negar que cada vez que recuerdo el episodio se me frunce el corazón...

«Me estás haciendo falta», «Entre estas cuatro paredes», «Traicionera», y otras que completaron el repertorio fueron material del segundo disco que grabé, esta vez en la compañía Codiscos, acompañado por una orquesta más numerosa que la que utilizamos para la primera grabación. El hecho de haber grabado «Entre estas cuatro paredes» constituía un reto a lo que eran las costumbres de ese tiempo.

¿Que mis canciones me trajeron problemas? Muchos, muchísimos, pero no hablemos de ellos, que ya son cosa del pasado; miremos al futuro, esbocemos una tímida sonrisa, y sigamos para adelante.

Antes de terminar este párrafo, hago referencia a un punto que me parece importante. Hace poco mencioné que la canción «Traicionera» me había salido de la más rara casualidad: sin pensarlo produje esa tonada en ritmo de vals con letra arrabalera y una tragedia de cantina. Lo que deseo explicar es que nunca he compuesto un vals o un bambuco o un bolero porque esté buscando eso. No; a mí me van surgiendo las cadencias y las frases sin premeditarlas, sin imaginar cuál va a ser el resultado final; de allí que no soy un compositor de aires y ritmos colombianos, sino que lo mismo produzco un bolero que un bambuco.

«Golondrina»

Golondrina que llegas a mi ladocon las alas cansadas de volar,al fin en tu camino has encontradoen dónde tus angustias olvidar.Fíjate cómo vives en mis manoscon el calor que yo te puedo dar.Golondrina viajera, no te vayas,que este amor no lo vuelves a encontrar.

«Entre estas cuatro paredes»

La luz de la madrugadabañó tu cara divina,y tus ojos me rogaronque te entregara mi vida.El amor que me jurastey aquél que te juré yonacieron aquella nochepara dicha de los dos.Entre estas cuatro paredes—que quién sabe quién las hizo—tú fuiste mujer de verasy yo fui feliz contigo.Entre estas paredes mudasque han de guardar para siemprelo que pasó entre tú y yo,también quedará vagandola luz de la madrugadaque alumbró nuestra pasión.

Me estás haciendo falta

1964 · Me estás haciendo falta

Traicionera

Me estás haciendo falta

Entre estas cuatro paredes

Me estás haciendo falta

Golondrina

Me estás haciendo falta

Capítulo 7

Cuando voy por la calle

e venido contando hasta ahora ciertos aspectos de mi vida que coinciden con la composición de mis canciones. Creo que todas esas narraciones han sido muy sencillas, infantiles, casi que angelicales. Una persona a quien le di a leer esta primera parte para conocer su opinión sobre mi escrito me dijo que era una descripción para niños, y que lo que yo debería hacer era inventar casos realmente impresionantes, eróticos, de revista española; cosas que —aunque no fuesen verdad— impresionaran al lector y lo hicieran contar a otros lo buena que era mi narración. Pues, realmente, yo creo que así no va a ser. No puedo ponerme a decir mentiras, ni a inventar cuentos, para engañar a los lectores. Sólo puedo contar la verdad. Esa persona me dijo: «Si ese libro lo continúas en el mismo estilo, te vas a quedar "encañingado"* con toda la edición».

\* *Encañingado*: en el argot popular, significa un individuo que no logra vender su mercancía.

No me atrevo a hacer lo que esa persona me aconsejó. No puedo ponerme a escribir mentiras y a inventar cuentos que nunca sucedieron. Ésta es mi forma de decir las cosas y a ella me tengo que atener.

Y para ser consecuente, debo decirle —amable lectora— que por allá en el año de 1971 tuve unos días esplendorosos en la mejor compañía que podía tener en ese entonces. Fue —realmente— algo inolvidable. Al regreso de aquel paréntesis yo me devolví en mi automóvil a través del Magdalena, subí a la ciudad de Manizales y allí pernocté. Ella se fue directamente a Medellín.

Al día siguiente sentí que el automóvil no estaba trabajando bien y lo llevé a un taller cercano. Mientras lo componían, me fui a caminar por las calles de esa encantadora ciudad, a pensar y a divertirme con mis recuerdos. Caminar es mi deporte favorito y —en consecuencia— me divertí muchísimo. Tan contento estaba que poco a poco me fueron viniendo a la mente unas palabras y frases que decían:

Cuando voy por la calley me acuerdo de ti,me lleno de alegría,de ganas de vivir...

En esa ocasión, pues, compuse ese vals que tanto ha gustado a todos los públicos, colombianos y extranjeros. Una o dos horas después regresé al taller y reclamé mi auto. El jefe del taller me recomendó que no lo dejara apagar y que me viniera directamente a Medellín, ¡buenos 250 kilómetros! Así fue, así lo hice, y como no tenía otra cosa en que pensar que en la canción que estaba componiendo, cuando llegué a mi ciudad ya estaba completa.

Recuerdo que esa noche estuve en una reunión, y allí canté la canción recién hecha. Gustó mucho, y desde esa noche me di cuenta de que sería un éxito. «Cuando voy por la calle» también fue una de las que cayeron «paradas» y merecieron el favor del público desde un principio.

«Cuando voy por la calle»

Cuando voy por la calley me acuerdo de ti,me lleno de alegría,de ganas de vivir.Me parece que fueranlas flores más bonitas,el cielo más radiantey el aire más sutil.Cuando escucho en la nochealguna melodía,qué cosas no daríapor estar junto a ti.Para sentir que vivo,que vivo intensamente,y para que tú sientaslo que eres para mí.Estoy enamorado de tu vida,estoy enamorado de tu amor,y cada vez que pienso en tu dulzuracomienza a florecer mi corazón.Me acuerdo que tú tienes tu luz propia,que siempre estás sonriendo para mí,y empiezo a revivir en mi memoriala gloria que le has dado a mi vivir.

Cuando voy por la calle

1971 · Me fascina

Capítulo 8

Las campanas del recuerdo

imultáneamente con «Cuando voy por la calle» logré componer otras canciones: «Me fascina» y «Ella»; pero me sucedió algo trágico que me embargó y casi me deja sin vida. De esos días nació «Las campanas del recuerdo», que irradia una profunda tristeza.

Éstas que acabo de mencionar, además de otras como «Poco a poco» y «Esta noche», fueron las que aparecieron en un nuevo disco grabado con Sonolux que tuvo una acogida buena por parte del público, sobre todo por la canción estrella, que era «Cuando voy por la calle».

Entre esas canciones debo mencionar la titulada «Ella», la cual yo consideraba como la mejor canción de mi vida. La hice con un cuidado extremo, con las variaciones de armonía más escogidas y con una letra hermosa. Pues bien, ha de saber usted, lector, que «Ella» se quedó ahí mismo donde la dejé, porque, en realidad, a nadie le gustó ni nadie la acogió con amor y con cariño. Fue un completo fracaso y fallaron todos los cálculos que yo había hecho sobre su posible consagración.

Pocos meses después de haber grabado el disco titulado «Me fascina», fui llamado por el señor Presidente de la República, Dr. Alfonso López Michelsen, a ocupar el cargo de Gobernador de Antioquia, lo cual hice por servir a mi departamento, y no por ninguna otra consideración. Allí estuve durante un poco más de un año, y durante ese lapso no volví a tocar un piano ni a cantar o a componer canciones. Son tales el tráfago y la velocidad en los cuales hay que vivir cuando se ocupa un puesto de esos, que a uno no le queda un solo minuto para hacer algo diferente. Así que renuncié a la música y sólo me dediqué a servir a mi tierra con todo el corazón y todas mis fuerzas, y a ser leal con quien me nombró y depositó en mí su confianza. Hice la labor que me correspondía con amor, que es el ingrediente más importante para hacer las cosas bien hechas; mi período fue de buenas realizaciones para mi tierra y mi gente, y me siento orgulloso de todo lo que logré.

Recuerdo que uno de los primeros actos de mi gobernación fue dictar un decreto por medio del cual se alababa la vida del Maestro Carlos Vieco y se le concedía la «Estrella de Antioquia» en su más alto grado como recompensa por su gran obra musical y sus innumerables y hermosas composiciones. La noche que le impuse esa condecoración al Maestro Vieco no lo hice en el Palacio de la Gobernación, sino que lo hice en un barrio popular de Medellín —El Rincón—, adonde llevé un gran coro de cantantes serenateros que entonaron las melodías del Maestro para contento y agrado del público de esa barriada medellinense.

Hablando del maestro Vieco, me he acordado de un episodio entre cómico y macabro que me sucedió hace algún tiempo, y revela las cosas que un pobre compositor tiene que soportar a veces.

Una noche terminé un recital en el Teatro Metropolitano de Medellín; me fui al camerino y me estaba cambiando de traje cuando llegó mi hijo Alfredo con un grupo de amigos y amigas a saludarme y a invitarme a celebrar en un lugar nocturno.

Con ellos me fui y empezó la reunión muy normalmente. De improviso, uno de los contertulios que estaba frente a mí se quedó mirándome y me dijo:

—Maestro, muy lindas sus canciones y especialmente son lindas sus letras. Lo que usted dice en ellas es verdaderamente encantador, créame.

—Muchas gracias, es usted muy amable.

—Maestro, realmente yo no le había puesto cuidado a las letras, pero hoy quedé maravillado al escuchar las bonitas figuras literarias que usted tiene.

—Muchas gracias... (mi estupidez en estos casos es increíble). Me encanta que le gusten las letras de mis canciones.

—Bueno, Maestro, yo lo felicito porque usted es un gran poeta. Todas sus letras encierran un enorme sentimiento; mejor dicho, Maestro, su entierro va a ser algo muy lindo porque el pueblo va a estar presente con gran sentimiento.

Yo no sabía qué decir, estaba atónito, ¡estupefacto!

—Muchas gracias —le dije sin saber por qué.

—Sí, Maestro; su entierro va a ser algo grandioso. Yo soy especialista en entierros y me atrevo a asegurar que el suyo va a ser mucho mejor que el del maestro Carlos Vieco. Me acuerdo que yo asistí a ése; fue algo nunca visto, pero el suyo, le aseguro, ¡va a ser mucho mejor!

Yo no daba crédito a mis castos oídos.

—Gracias, muchas gracias, no sabe usted cuánto le agradezco su opinión. Lástima que yo no pueda comparar el entierro mío con el del Maestro Vieco, porque yo no estaré presente.

—Pues mire, Maestro, mañana mismo le voy a ordenar a mi secretaria que, si yo estoy fuera de Medellín cuando usted se muera, ella me tiene que avisar para venirme inmediatamente, porque yo no me puedo perder su entierro.

—Muchas gracias de nuevo por sus opiniones; y sin darme cuenta de mi estupidez le agregué: no tenga cuidado, que si su secretaria no le avisa lo de mi entierro, yo me encargo personalmente de avisarle; ¡esté tranquilo!

En ese momento le trajeron a mi interlocutor el pollo asado que había pedido, y ésa fue la única manera de dar por terminado tan macabro diálogo...

Otra determinación que tomé recién llegado a la gobernación fue nombrar como Director de Extensión Cultural del Departamento de Antioquia al gran artista y caballero a carta cabal, el Maestro Luis Uribe Bueno. Difícil encontrar un hombre más distinguido y más respetable que Uribe Bueno, porque todo en él le hace honor a su apellido. Luis ocupó aquel cargo de Director de Extensión Cultural durante más de 12 años, y desarrolló una bella labor al frente de esa dependencia. Las gentes de Antioquia lo recuerdan con veneración por sus conocimientos, su bondad y su respetabilidad.

Cuando terminé aquel período de Gobernador, volví a practicar el piano y a cantar mis canciones. Fue un reencuentro magnífico con aquello que había sido mi vida anterior, pero —claro está— que tuvo sus dificultades. Decía aquel gran pianista Arthur Rubinstein que, si uno dejaba de tocar el piano solamente un día, uno mismo lo notaba; pero que si lo dejaba de tocar dos días, la gente era la que lo notaba. Imagínese usted lo que me sucedió a mí cuando yo llevaba ¡un año y medio sin tocar! Pues fue difícil recuperar ese tiempo, pero con voluntad y dedicación lo logré.

Entonces vino el más delicioso y hermoso trecho de mi vida. Sí, el más delicado y más fantástico tiempo de mi vida; por primera vez me sentí libre, sin miedos, sin presiones y con unas enormes ganas de vivir. Tropecé para ello con alguien que me brindó esa oportunidad y a ella le agradezco profundamente todo lo que me hizo vivir a su lado. Tiempo de ensoñación, de alegría, de risas y de realizaciones.

Fue algo maravilloso y encantador. Yo tenía casi todo el tiempo libre y disponía de él como me placía. Paseos al campo, excursiones, viajes a diferentes ciudades y continentes. Todo era increíble y muy pocas cosas nos estorbaban.

Fue —repito— el tiempo más lindo de mi vida, que quedó plasmado en una canción, una a la cual le puse el título de «Llévame de la mano», y que en cierto punto dice una frase verdadera y linda:

Yo pienso que la vez que te encontréuna lluvia de luz llegó hasta mí;hiciste que cambiara la razónde todo mi existir.

¿Verdad que es sentida y bonita la frase? Pues mucho más sentida y más bonita fue esa época de mi vida.

Como dije antes, poco a poco me recuperé y volví a coger práctica en el piano. Y con la práctica del piano volví a la práctica de las letras de mis canciones, y de ese lindo tiempo son canciones como:

Te acuerdas que te di el primer besocuando eras para mí desconocida.

Y, luego, como reclamando el tiempo pasado, decía:

Estoy creyendo que he perdido todo el tiempopor andar en la aventura, por andar tras de tu amor.

Releyendo lo escrito en las últimas páginas, me ha venido a la memoria una anécdota sucedida hace algún tiempo y que muestra a las claras que ser compositor también tiene unas compensaciones enormes y unas grandes satisfacciones, y no todo lo que le sucede a uno es del estilo de quien se relamía de pensar en mi entierro.

Estaba yo una noche en la ciudad de Cali, en donde había presentado un recital de mis canciones. Después de ese acto me fui con unas personas amigas a un sitio que puede llamarse de alguna otra manera, pero que yo siempre lo conocí con el nombre de «Aquí es Miguel», lugar donde concurren los artistas serenateros a ofrecer sus servicios a los enamorados y a los simples parroquianos que buscan un rato de solaz y música agradable.

Bien, nos sentamos en una mesa, y ordenamos cualquier refrigerio, y cuando algunos de los artistas se acercaron a ofrecer sus servicios, les dijimos que se quedaran con nosotros que queríamos escucharlos.

Desde los primeros minutos me reconocieron y me saludaron de mano. Luego empezaron a cantar canciones de mi cosecha y la fiesta se prolongó agradablemente por una o dos horas. Siendo ya tarde, nos alistamos para dejar el lugar, pagamos la cuenta de lo consumido, y le pregunté a quien parecía el jefe del grupo musical que me indicara el valor de su agradable servicio. Aquel hombre sencillo y bonachón y de gran sentido artístico se quedó mirándome unos segundos y luego me respondió:

«Maestro, usted nada nos debe; nosotros somos los que le debemos a usted todas esas canciones que nos ha regalado y con las cuales hemos podido sostener nuestras familias. ¡Muchas gracias, Maestro, por su visita, y hasta pronto que nos vuelva a visitar!».

Qué linda salida, ¿verdad?

«Las campanas del recuerdo»

Las campanas del recuerdome vinieron a buscar;comenzaron como siemprepor hacerme sollozar.Comentaron mis fracasos,me dijeron la verdaddel dolor de haber queridoy de ser sentimental.Les pedí que se marcharan,no quería recordarlas pasadas ilusionesni la dura realidad.Para qué quiero más penas,lo que yo quiero es gozary vivir con alegría,olvidar la soledad.Las campanas del recuerdoesta noche volverán;les tendré fuego encendidoy un café con un coñac.Pasaremos muy alegres,sin tristezas, sin llorar:las campanas del recuerdojunto a mí se quedarán.

«Me fascina»

Me fascina el estar a tu lado,me fascina que me hagas sonreír,me fascina el calor de tus manosy el modo cómo logras que me sienta feliz.Me fascina tu modo de acercartecuando quieres que estemos más allá.Me fascina, sí, mi amor, me fascinael cariño que me has podido dar.Me fascina que me cuentes tus cosasen esa forma simple, sin pretender fingir.Me fascina estar enamoradoy entregarme tan solamente a ti.

«Mi guitarra te añora»

La canción que me escuchasla soñé para ti,para ti solamente,que me has hecho vivir.Mi guitarra te añoracada vez más y más,y me paso las horasen soñar y cantar.Hay algo que quisieraponer en mi canción,y es tu mirada inquietacon destellos de amor.Y también tus palabrasy el calor de tu voz,y tus labios que encierrantoda mi inspiración.Mi guitarra te añoracada vez más y más,y me paso las horasen soñar y cantar.

«Sueño»

Sueño, y aunque eres imposible,los sueños muchas vecesse vuelven realidad.Piensa que sólo hay una viday que el amor no espera:sólo llega una vez.Yo haré que mis cancioneste mitiguen tus penas,haré que las estrellasarrullen tu soñar,y que la noche extiendasu misterioso encantopara que nos cobijecuando mis labios locoste vengan a buscar.

«El primer beso»

Te acuerdas esa nocheque nos juntó la vida.Se cruzaron mis ojoscon tu triste alegría,y empecé a dibujartesobre mi fantasía.Te acuerdas que te di el primer besocuando eras para mí desconocida.Nunca me imaginé que tus heridasllegaran a juntarse con las mías.Me acuerdo que te di aquella rosapara ver si de veras me querías.Guárdate mi canción en tu memoriay cuida nuestro amor toda la vida.

«No podrás olvidarte»

Hace falta que escuches estas palabrasque nacen desde el fondo del corazóny cuentan lo vivido por dos amantes,así como hemos sido siempre tú y yo.Pocas veces la vida regala tantocomo lo que a nosotros nos regaló:un cariño profundo de cuerpo y alma,desde aquel primer beso que nos unió.No podrás olvidarte de mis caricias,de los años vividos con este amor,de esos momentos locos, inolvidables,que aunque no lo quisierasvas a llevar prendidos al corazón.

Me fascina

Me fascina

Ella

Me fascina

Las campanas del recuerdo

Me fascina

Poco a poco se me olvida

Me fascina

Esta noche

Me fascina

Mi guitarra te añora

Me estás haciendo falta

Sueño

1962 · Yo nací para ti

El primer beso

Jaime Erre en la intimidad

No podrás olvidarte

1338

Llévame de la mano

1993 · Serenata · 16 grandes éxitos

Capítulo 9

María Inés

pesar de que mi historia ha avanzado bastante en el tiempo, he reservado para este momento un relato de mis primeros años; se trata de quien fuera en su juventud una hermosísima mujer y a quien yo bauticé como María Inés.

Por allá en mi adolescencia me reuní con dos o tres amigos para hacer un paseo de varios días a las riberas del Río Magdalena a cazar patos y otros animalejos. Tomamos el tren en Medellín y partimos hacia Puerto Berrío, terminal del ferrocarril en ese entonces.

Durante el viaje, poco a poco nos fuimos haciendo amigos de otro grupo de muchachas y muchachos un poco mayores que nosotros, y logramos terminar en gran camaradería. Entre las muchachas había una especialmente atractiva y hermosa, de unos 20 años, que lucía radiante y me dejaba ver que yo le gustaba. Mejor dicho: entablamos un coqueteo que nos proporcionó ratos alegrísimos durante ese día. Más tarde, cuando llegamos al Hotel Magdalena de Puerto Berrío, se dio comienzo al baile esa misma noche, y ella me invitó a bailar.

El programa fue sensacional, y yo me estaba sintiendo demasiado contento como para dejar las cosas así. Bien, al otro día nos separamos del otro grupo, cada uno se fue a su programa, y sólo en Medellín, cuando ya estábamos de regreso, nos volvimos a ver.

Claro que hubo entre nosotros un delicioso *affair* que no pasó a mayores, pues en aquel tiempo las cosas eran muy distintas a las actuales. Pero la verdad es que la muchacha ya tenía edad de casarse y yo no le podía ofrecer ninguna garantía de supervivencia, pues apenas estaba estudiando bachillerato.

Así que, pese al amor y a los sentimientos, ella partió por su lado y contrajo matrimonio con alguien que le ofreciera un mejor pasar.

Nunca la volví a ver en muchos años, y apenas pensaba de cuando en cuando en ella, para adivinar que una mujer tan hermosa tendría que estar muy bien en todo sentido, aunque eso no es garantía de nada y menos de buena vida.

Pasaron los años; muchos, muchos. Hace unos 15 años —es decir, que habían pasado desde aquel tiempo unos 35 años— un día entré a un supermercado y la alcancé a ver. Lentamente, sin darme mucha prisa, la empecé a observar muy detenidamente y al fin llegué a la conclusión de que era Gabriela; ése era su nombre. Estaba muy desmejorada, acabada, molida totalmente por la vida. No lo podía creer, pero ésa era la realidad. Me di vuelta y me fui a mi casa, impresionado como el que más, pues la realidad había roto todos los encantos.

Cuando llegué a la casa empecé a plasmar en una letra y en una canción esa enorme impresión que había recibido. La letra es suave y delicada, y en ella llego a la conclusión de que lo que yo quisiera desde ese momento en adelante es que, cuando yo piense en María Inés (ése fue el nombre que le di para poder nombrar la canción), piense que es la primera María Inés, la linda, la hermosa mujer del paseo en ferrocarril, la del baile en el Hotel Magdalena, la de los besos arrebatados y la mirada suave y tranquilizadora.

Y ahora brindaréporque el lejano ayertan sólo me recuerdea la primera María Inés.

Hasta aquí la anécdota sobre María Inés; volvamos al tema que veníamos tratando.

«María Inés»

Memorias del ayer que llegan hasta mí,envueltas en la bruma de los años ya olvidados,y sin saber por qué, lo que me ocurrió ayerrevive los momentos de un cálido pasado.Recuerdo a María Inés allá en su juventud,con todo el esplendor de una mujer en sus veinte años.Nunca la volví a ver, pero me imaginéque fuera por lo menos favorita de un sultán.Ayer me fui paseando por el parque Veracruzy encontré a una ancianita toda llena de vejez.No lo podía creer, pero me convencíque aquella viejecita era la misma María Inés.De aquella gran mujer, de aquella emperatriz,ya no quedaba nada de su espléndida figura;y al verse junto a mí, no me reconoció,y me contó su vida toda llena de amarguras.Después de esa visión, con toda sencillez,le estoy pidiendo a Dios un declinar sin amargura.Y ahora brindaré, porque el lejano ayertan sólo me recuerde a la primera María Inés.

María Inés

Jaime Erre en la intimidad

Capítulo 10

Ojalá

n fin, que a medida que fui viviendo esa maravillosa aventura del amor, fui refinando mi gusto por todo lo bueno. Durante aquel tiempo aprendí con esa admirable profesora lo mejor de mi vida, las costumbres más enriquecedoras, y los mejores recuerdos. En aquellos años me fui acostumbrando al vino rojo, añejo y con cuerpo, de cuerpo admirable y rancio sabor. Resumiendo: nunca había gozado tanto... vestido.

El lector —creo que— se habrá dado cuenta de lo feliz que fui durante esos años, y cómo viví de encantado. Pero también se preguntará: ¿cómo fue que se terminó esa época dorada de mi vida? Sí, se terminó, como se terminan todas las cosas de la vida. No quiero ponerme a pensar cómo fue; lo cierto del caso fue que se terminó, pero el amor está dormido y así lo siento, así, latente, lleno de respeto y de ternura.

De todo aquel tiempo amoroso quedaron canciones como «El primer beso» y «Ojalá», la que tiene aquellas palabras inolvidables:

Ojalá que tú estuvieras esta noche junto a mí,como anoche que me diste tu serena intimidad.

O aquella que dice:

No podrás olvidarte de mis caricias,de los años vividos con este amor,de esos momentos locos, inolvidables,que aunque no lo quisierasvas a llevar prendidos al corazón.

Sí, aquel amor se durmió, se durmió suavemente, esperando la terminación de todo, con ganas enormes de vivir. Si pudiera repetir mi vida, la repetiría. Ella ha sido buena conmigo, demasiado buena; me ha dado lo que nunca soñé que me daría, y los placeres y las realidades han sido maravillosos. La vida le da a uno todo lo que no le pide ni le exige. Así que hay que dejarla que ella misma le vaya soltando carretel a la cometa.

¿Repetiría, exactamente, los episodios de mi vida? Tal vez no. Repetiría unos, seguro, pero otros no los quisiera repetir. Especialmente aquellos en los cuales le causé involuntariamente amargura a alguien. Ésos sí los borraría de mi pasaje, los dejaría a un lado para no repetirlos jamás.

De aquel hermoso tiempo me quedan recuerdos inolvidables llenos de amor y de cariño. Recuerdo con gran gusto nuestro primer viaje a la Argentina, la grabación de los discos de mis canciones arregladas por el Maestro Horacio Malvicino. ¡Qué gran músico fue Malvicino; con qué gusto me ayudó a hacer de mis canciones el más lindo álbum que yo pude imaginar!

Las grabamos con una orquesta de 34 profesores, casi todos ellos del Teatro Colón de Buenos Aires. Luego aquel cruce por los lagos del sur y el descubrir maravilloso de San Carlos de Bariloche. Qué tiempos, Dios mío. ¡Cómo quisiera volverlos a vivir! Adiós, Amor.

Sí, voy subiendo la última cuesta y llegaré a la cima desde donde podré divisar todo lo vivido y lo poco que falta para alcanzar ese instante inevitable que todos tenemos que afrontar.

Desde esa cuesta veo las personas que han pasado por mi vida. Todas tienen un lugar en ese «cuarto de los recuerdos» donde duermen las ilusiones y se encienden las memorias. Por eso, en una canción reciente, dejé un pensamiento para la más delicada y reciente de esas «memorias», de quien he recibido ternura, cariño y comprensión en enormes dosis.

Siempre, aquí en mis sentimientos,tienes un rincón para ti,lleno de hechizos y de ensueños,como lo más hermoso que me tocó vivir.

«Nadie ha muerto por amor»

Estoy creyendo que he perdido todo el tiempopor andar en la aventura, por andar tras de tu amor.Estoy pensando que tal vez es convenienteque olvidemos nuestros sueñosy pensemos una vez con la razón.Estoy cansado de servir como juguetey te digo francamente que lo nuestro terminó.Estoy cansado, no me importan tus promesas;sólo quiero desprenderme de tu vida sin rencor,porque recuerdo las palabras tan profundasde un amigo muy experto en asuntos de la fe y del corazón:nunca te olvides que, por raro que parezca,hasta ahora en este mundo nadie ha muerto por amor.

«Llévame de la mano»

Desfilan por mi mente tantas cosas,imágenes que guarda el corazón:tus ojos que miraban fijamente,tu mano que al descuido me oprimió.Después vino el amor con sus cariciasllenas de una profunda intimidad.Son casi ya veinte años de quererte,y yo no sé vivir si tú no estás.Yo pienso que la vez que te encontréuna lluvia de luz llegó hasta mí.Hiciste que cambiara la razónde todo mi existir.Llévame de la mano, corazón,enséñame el camino del vivir.Haz que con tu cariño y tu calorpueda encontrar la dicha junto a ti.

«Ojalá»

Ojalá que tú estuvierasesta noche junto a mí,como aquélla en que me distetu serena intimidad.Y es que ahora duele tantoesta inmensa soledad.Ojalá que tú estuvierasesta noche junto a mí,y me acuerdo que cantabasla canción que habla de timientras yo te acompañabaen el piano, muy sutil.Ojalá que tú estuvierasesta noche junto a mí.

Nadie ha muerto por amor

Jaime Erre en la intimidad

Llévame de la mano

1993 · Serenata · 16 grandes éxitos

Ojalá

El primer beso

Jaime Erre en la intimidad

No podrás olvidarte

1338

Biografía

Biografía

Jaime Rudesindo Echavarría Villegas nació en Medellín el 13 de noviembre de 1923. Inició sus estudios en el Ateneo Antioqueño y en el Colegio San Ignacio; luego ingresó a la Universidad Pontificia Bolivariana, donde se graduó como ingeniero químico. Nunca hizo estudios de música, pero desde muy joven se sintió atraído por la fuerza de su sensibilidad musical, y fue así como empezaron a aparecer sus primeras composiciones, alternadas con sus tareas universitarias.

Viajó a los Estados Unidos para cursar estudios de posgrado en los laboratorios de E. I. Du Pont de Nemours en Wilmington, Delaware. Al regresar a Colombia se vinculó a la industria, en la cual desempeñó cargos técnicos y administrativos. No obstante sus ocupaciones, en forma simultánea componía sus canciones e incursionaba en el mundo artístico nacional.

Contrajo matrimonio con Rosa Elena López, de cuya unión hay cinco hijos: Martín, Alfredo, Tomás, Francisco y Jaime.

En 1962 se convirtió en intérprete de sus melodías, y nació así el disco L.P. *Yo nací para ti*, después del cual siguieron *Me estás haciendo falta* y *Me fascina*.

En 1964 es llamado para el cargo de Embajador Extraordinario ante la UNCTAD, en Ginebra, Suiza. De allí pasó a la dirección de INCOMEX, y en 1967 es nombrado embajador de Colombia ante el gobierno de Etiopía.

En 1974 es nombrado Gobernador de Antioquia, cargo que desempeñó hasta 1975, en una etapa que se considera de las más eficientes en la historia antioqueña.

Ha compuesto más de 50 canciones. Entre las más representativas dentro y fuera del país podemos mencionar: «Cuando voy por la calle», «Me estás haciendo falta», «Serenata de amor», «La bienamada», «Entre estas cuatro paredes» y «Noches de Cartagena».

Los más grandes cantantes de la época han grabado temas de Jaime R. Echavarría: Espinosa y Bedoya, Gómez y Villegas, Ríos y Macías, Tiscaya, Garzón y Collazos, Los Embajadores, Trío América, Cantares de Colombia, Berenice Chávez, Helenita Vargas, Patricia González, María Dolores Pradera, María Isabel Saavedra, René Cabel, Carlos Julio Ramírez y Alfonso Ortiz Tirado.

Han sido muchos los homenajes, reconocimientos y galardones que ha recibido el maestro, tal como se puede apreciar en la lista que se encuentra en las primeras páginas de esta obra.

En 1993, con ocasión de cumplir la empresa R.C.A. Víctor 50 años de estar produciendo discos en Colombia, le fue solicitada una grabación especial de sus últimas canciones en combinación con otras que han tenido gran aceptación en el público. Fue así como grabó 16 temas bajo el título de *Serenata*, entre los cuales se cuentan «Nunca», «Porque has llegado tú» y «Nadie ha muerto por amor», que son composiciones recientes y nunca antes grabadas por su autor.

Jaime R. Echavarría — retrato

Condecoraciones

1975

Orden del Mérito Artístico

«Orden del Mérito Artístico», otorgada por la Gobernación del Departamento del Tolima en reconocimiento a su labor creadora.

1975

Orden del Arriero

«Orden del Arriero», en el grado de Comendador, impuesta por los señores Rodrigo Correa Palacio y Hernán Escobar Escobar.

1983

El Mundo de Oro de la Música

«El Mundo de Oro de la Música», otorgado por el periódico *El Mundo*.

1986

La Universidad Pontificia Bolivariana le entrega un pergamino en el cual exalta su labor como propulsor de la fundación de la Facultad de Medicina de dicha Universidad

La Universidad Pontificia Bolivariana le entrega un pergamino en el cual exalta su labor como propulsor de la fundación de la Facultad de Medicina de dicha Universidad, por su empeño forjador de empresas en la industria química y como consagrado compositor.

1986

Condecoración «Pedro Justo Berrío» por su obra musical

Condecoración «Pedro Justo Berrío» por su obra musical, otorgada por la Gobernación de Antioquia.

1987

El Concejo de Medellín exalta su vida y obra como artista y dirigente político y empresarial.

El Concejo de Medellín exalta su vida y obra como artista y dirigente político y empresarial.

1988

Medalla «Ingeniero Químico Meritorio»

Medalla «Ingeniero Químico Meritorio», concedida por la Sociedad de Ingenieros Químicos de la U.P.B.

1990

Honor al Mérito Artístico

«Honor al Mérito Artístico», título concedido por la Alcaldía Mayor del Distrito Especial de Bogotá por medio de la resolución N.º 0058 de 1990.

1990

Trabajador de la Cultura

«Trabajador de la Cultura», galardón otorgado por el Instituto de Integración Cultural (Quirama) de Medellín.

1991

Escudo de Antioquia en Categoría Oro

«Escudo de Antioquia en Categoría Oro», concedido por la Gobernación de Antioquia por medio del decreto 2385.

1992

Placa conmemorativa concedida por PROARTES de la ciudad de Cali

Placa conmemorativa concedida por PROARTES de la ciudad de Cali, exaltando su vida y obra.

Discografía

Discografía

1962

Yo nací para ti

Sonolux · L.P. 12-333

  1. 1.Yo nací para ti
  2. 2.Sueño
  3. 3.La bienamada
  4. 4.Serenata de amor
  5. 5.Adorada
  6. 6.Noches de Cartagena
  7. 7.Qué tienes tú
  8. 8.La canción del viento
  9. 9.Muchacha de mis amores
  10. 10.Tal vez
  11. 11.Dime por qué

1975

Me fascina

Sonolux · Estéreo 1ES 13-897

  1. 1.Me fascina
  2. 2.Poco a poco se me olvida
  3. 3.Cómo olvidar tus manos
  4. 4.Hay cosas que se dicen
  5. 5.Ella
  6. 6.Cuando voy por la calle
  7. 7.Las campanas del recuerdo
  8. 8.Voy a cambiarte a ti por una rosa
  9. 9.Por qué te vas
  10. 10.Esta noche
  11. 11.Yo quisiera ser pintor

1964

Me estás haciendo falta

Codiscos · L.D.Z. 20308

  1. 1.Me estás haciendo falta
  2. 2.Golondrina
  3. 3.Entre estas cuatro paredes
  4. 4.La flor de las flores
  5. 5.Amor
  6. 6.Traicionera
  7. 7.Aquel amor
  8. 8.La luna y tú
  9. 9.Cuando estoy lejos de ti
  10. 10.Mi guitarra te añora
  11. 11.Vamos a ver

1980

Jaime Erre en la intimidad

Sonolux · 01-0131-01254

  1. 1.Nadie ha muerto por amor
  2. 2.El primer beso
  3. 3.Me parece
  4. 4.Muy buenas noches
  5. 5.María Inés
  6. 6.Lo difícil de tu ausencia
  7. 7.Espérame, mi vida
  8. 8.Risaralda
  9. 9.Colombia maravillosa

1985

1338

Sonolux · el mismo disco fue grabado para Colcafé

  1. 1.Qué tienes tú
  2. 2.Traicionera
  3. 3.Golondrina
  4. 4.No podrás olvidarte
  5. 5.Cuando voy por la calle
  6. 6.María
  7. 7.Me pongo yo a pensar
  8. 8.Si tú no estás
  9. 9.Desde el séptimo cielo
  10. 10.Ojalá

1988

Homenaje del Banco Ganadero

sin número

  1. 1.Noches de Cartagena
  2. 2.Nadie ha muerto por amor
  3. 3.La bienamada
  4. 4.El primer beso
  5. 5.Serenata de amor
  6. 6.María Inés
  7. 7.Cuando voy por la calle
  8. 8.Las campanas del recuerdo
  9. 9.Cuando estoy lejos de ti
  10. 10.Me estás haciendo falta
  11. 11.Muchacha de mis amores
  12. 12.Sueño
  13. 13.Yo nací para ti
  14. 14.Entre estas cuatro paredes

1993

Serenata, 16 grandes éxitos

BMG · L.P. 01056105117 · C.S. 01056205117 · C.D. 01058105117

  1. 1.Nunca
  2. 2.Noches de Cartagena
  3. 3.Llévame de la mano
  4. 4.Me estás haciendo falta
  5. 5.Sueño
  6. 6.Serenata de amor
  7. 7.El final
  8. 8.Colombia maravillosa
  9. 9.Cuando voy por la calle
  10. 10.La mujer que quiero
  11. 11.Porque has llegado tú
  12. 12.Yo nací para ti
  13. 13.Nadie ha muerto por amor
  14. 14.Muchacha de mis amores
  15. 15.Adorada
  16. 16.Las campanas del recuerdo

Archivo sonoro

Todas las canciones

Catálogo completo — más de cincuenta composiciones agrupadas por álbum.

Yo nací para ti1962

Adorada

1962 · Yo nací para ti

Dime por qué

1962 · Yo nací para ti

La Bienamada

1962 · Yo nací para ti

La canción del viento

1962 · Yo nací para ti

Muchacha de mis amores

1944 · Yo nací para ti

Noches de Cartagena

1954 · Yo nací para ti

Qué tienes tú

1962 · Yo nací para ti

Serenata de Amor

1957 · Yo nací para ti

Sueño

1962 · Yo nací para ti

Tal vez

1962 · Yo nací para ti

Yo nací para ti

1962 · Yo nací para ti

Me estás haciendo falta

Amor

Me estás haciendo falta

Aquel amor

Me estás haciendo falta

Cuando estoy lejos de ti

Me estás haciendo falta

Entre estas cuatro paredes

Me estás haciendo falta

Golondrina

Me estás haciendo falta

La flor de las flores

1964 · Me estás haciendo falta

La luna y tú

Me estás haciendo falta

Me estás haciendo falta

1964 · Me estás haciendo falta

Mi guitarra te añora

Me estás haciendo falta

Traicionera

Me estás haciendo falta

Vamos a ver

Me estás haciendo falta

Jaime Erre en la intimidad

Colombia maravillosa

Jaime Erre en la intimidad

El primer beso

Jaime Erre en la intimidad

Espérame, mi vida

Jaime Erre en la intimidad

Lo difícil de tu ausencia

Jaime Erre en la intimidad

María Inés

Jaime Erre en la intimidad

Me parece

Jaime Erre en la intimidad

Muy buenas noches, muchacha linda

Jaime Erre en la intimidad

Nadie ha muerto por amor

Jaime Erre en la intimidad

Risaralda

Jaime Erre en la intimidad

Me fascina1971

Cuando voy por la calle

1971 · Me fascina

Cómo olvidar tus manos

Me fascina

Ella

Me fascina

Esta noche

Me fascina

Hay cosas que se dicen

Me fascina

Las campanas del recuerdo

Me fascina

Me fascina

Me fascina

Poco a poco se me olvida

Me fascina

Por qué te vas

Me fascina

Voy a cambiarte a ti por una rosa

Me fascina

Yo quisiera ser pintor

Me fascina

1338

Desde el séptimo cielo

1338

María

1338

Me pongo yo a pensar

1338

No podrás olvidarte

1338

Si tú no estás

1338

Serenata · 16 grandes éxitos1993

El final

1993 · Serenata · 16 grandes éxitos

La mujer que quiero

1993 · Serenata · 16 grandes éxitos

Llévame de la mano

1993 · Serenata · 16 grandes éxitos

Nunca

1993 · Serenata · 16 grandes éxitos

Porque has llegado tú

1993 · Serenata · 16 grandes éxitos

Otras grabaciones

A ti

Ojalá

Si volviera a encontrarte